Mi padre me echó de mi propia villa y se la entregó a mi hermana… pero olvidó un detalle: la casa nunca fue suya

tú tengas que seguir pagando.»

Cerré los ojos.

Después de tantos documentos, cuentas, firmas y propiedades, mi madre había conseguido resumir toda aquella historia en unas pocas líneas.

Pero todavía quedaba una decisión.

Qué hacer con mi padre.

Y esa decisión, por primera vez en mi vida, no iba a tomarla pensando en lo que él esperaba de mí.

Iba a tomarla pensando en lo que yo necesitaba para poder seguir adelante.

No respondí a la carta de mi padre durante casi una semana.

No era una forma de castigarlo.