Esta conversación tiene que ser entre él y yo.
Nos encontramos dos días después en una pequeña cafetería.
Llegué primero.
Cuando mi padre entró, casi no reconocí al hombre que semanas atrás había levantado una copa de champán dentro de mi villa creyéndose dueño de ella.
Parecía cansado.
Se sentó frente a mí.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente dijo:
—Gracias por venir.
—No he venido para decirte que todo está perdonado.
Bajó la mirada.
—Lo sé.
—Y tampoco he venido para discutir sobre la villa. Eso ya está resuelto.