Simplemente necesitaba descubrir qué quería decirle cuando, por primera vez, ya no sentía la obligación de tranquilizarlo.
Durante años, nuestras conversaciones habían seguido el mismo patrón.
Él tenía un problema.
Yo encontraba una solución.
Él necesitaba dinero.
Yo lo enviaba.
Olivia estaba en dificultades.
Yo intervenía.
Y cada vez que intentaba poner un límite aparecía la misma palabra:
Familia.
Como si ser familia significara que nunca podía decir que no.
Una tarde llamé a Olivia.
—Voy a reunirme con papá.
Hubo un silencio.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No.
—¿Estás segura?
—