Silencio.
Después escuché a Marcos responder:
—No. Todavía podemos conseguir la segunda firma.
Mi madre me miró.
Yo también la miré.
Segunda firma.
La mía.
Y por fin comprendí por qué alguien había estado siguiéndome desde que regresé a San Antonio.
Aquella historia nunca había sido únicamente sobre controlar a mi madre.
También me estaban esperando a mí.