tan rápido que tropecé con el vestido.
Ernesto intentó sujetarme del brazo.
Lo aparté.
—No me toque.
Tomé mi teléfono, mi bolsa y mis zapatos.
Daniel se levantó detrás de mí.
—Mariana, podemos hablar.
—No.
Abrí la puerta.
—Ahora ustedes van a explicar.
Miré el cordón rojo.
—Quiero saber exactamente qué pensaban hacer conmigo esta noche.
Y por primera vez, ninguno de los dos respondió.
Parte 2: Bajé las escaleras descalza.
La hacienda parecía otro lugar.
Las flores seguían allí, pero las mesas estaban llenas de copas vacías.
Las luces