principales estaban apagadas.
Dos primos de Daniel recogían botellas cerca del jardín.
Cuando me vieron bajar cargando los tacones y levantando mi vestido para no tropezar, dejaron de hablar.
No expliqué nada.
Busqué a mi madre.
Ya se había ido al hotel.
Entonces vi luz en la cocina.
Teresa, mi suegra, estaba guardando comida sobrante.
Entré.
Al verme, soltó el recipiente que tenía entre las manos.
—¿Qué pasó?
Le conté todo.
La cama.
Ernesto.
El cordón.
Los roces en mi espalda.
La supuesta tradición para tener un hijo varón.
Cuando