inmóvil.
Un tercer roce comenzó.
Giré de golpe.
La mano de Ernesto estaba extendida hacia mí.
En la otra sostenía el cordón rojo.
—¿Qué demonios está haciendo?
Daniel se incorporó.
Ernesto retiró la mano con gesto de fastidio.
—No empieces con tus dramatismos. Todavía falta la parte importante.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué parte importante?
Ernesto miró a Daniel.
Mi esposo palideció.
Y entonces dijo algo que convirtió mi miedo en furia.
—Papá… dijiste que solo ibas a dormir aquí. Nunca me dijiste que también ibas a hacer eso.
Me levanté