aceptaría.
Daniel empezó a llorar.
—Pensé que sería una tontería de unas horas.
—Eran las primeras horas de nuestro matrimonio.
Puse el celular sobre la barra.
—Y decidiste que mi derecho a decir que no era menos importante que evitar una discusión con tu papá.
No pudo responder.
Entonces escuchamos pasos.
Ernesto entró a la cocina.
Todavía llevaba el cordón rojo en la mano.
—Ya basta de este circo.
Teresa se volvió hacia él.
—El único circo fue verte meterte en la habitación matrimonial de tu hijo.
Ernesto soltó una