tú.
La cara de Ernesto cambió.
Y en ese instante comprendí algo peor que aquella supuesta tradición.
El problema nunca había sido un cordón rojo.
Era una familia entera que llevaba años aprendiendo que resultaba más fácil obedecer a Ernesto que enfrentarlo.
Y yo acababa de convertirme en la siguiente persona que debía obedecer.
Parte 3
Ernesto no pidió disculpas.
Ni siquiera intentó negar lo que había hecho.
Cambió de estrategia.
—Yo solo quería bendecir su matrimonio.
Alicia se rio con desprecio.
—No metas a nuestros padres en esto.
—Las