que había ocurrido.
Tenía capturas.
Tenía audios.
Tenía testigos.
Pero todavía amaba a Daniel.
Y eso complicaba todo.
Era fácil odiar a Ernesto.
Más difícil era aceptar que el hombre que me preparaba café cuando trabajaba hasta tarde también había sido capaz de ocultarme algo porque sabía que yo me negaría.
La familia empezó a dividirse.
Dos tías dijeron que yo exageraba.
Un primo aseguró que Ernesto siempre había sido “especial”.
Pero otras personas comenzaron a hablar.
Una cuñada recordó que Ernesto había inventado una supuesta tradición según la cual