—Quiero arreglarlo —dijo.
—No puedes arreglarlo explicándome otra vez que le tienes miedo a tu papá.
—Lo sé.
—¿De verdad?
Hubo un silencio.
—Creo que nunca entendí cuánto miedo me da enfrentarme a él.
—Pues yo descubrí algo peor.
—¿Qué?
—Que cuando tienes que elegir entre enfrentar su enojo o traicionarme a mí, me eliges a mí como sacrificio.
No respondió.
Nos separamos.
No pedí el divorcio inmediatamente.
Tampoco regresé a casa.
Renté un pequeño departamento cerca de mi trabajo.
Las primeras semanas fueron horribles.
No porque dudara de lo