demasiado.
Acomodaba la almohada.
Jalaba la cobija.
Suspiraba.
Dos veces me empujó ligeramente el hombro.
—Más cerca.
Me alejé todavía más.
—Estoy bien aquí.
—Así no funciona.
Me incorporé.
—¿Qué cosa no funciona?
Daniel abrió los ojos.
Parecía molesto.
Pero conmigo.
—Mariana, por favor. Solo deja que termine y ya podremos dormir.
—¿Que termine qué?
Silencio.
Miré el reloj.
3:00.
Fue entonces cuando sentí algo rozándome la espalda.
Una vez.
Pensé que era la cobija.
Luego volvió a ocurrir.
Más lento.
Desde la cintura hacia arriba.
Me quedé completamente