Mi esposo perdió su teléfono y cuando un desconocido me dijo dónde lo encontró, olvidé cómo respirar

pasillo del edificio de la calle Los Almendros. El portero dijo que era del señor del 4B.

No se movió. Vi pasar por su cara la sorpresa, el cálculo y, por último, la derrota. No intentó negarlo. Me contó, con la voz quebrada, que desde hacía casi dos años visitaba a una mujer llamada Lorena, que cada vez que quiso terminar con todo no se atrevió y que perder el teléfono le había parecido una señal de que ya no podría seguir mintiendo.

—Lo siento, de verdad.

—Lo sé —respondí—.