un cuaderno negro lleno de apuntes.
“Empecé a anotar todo lo que escuchaba a escondidas hace años, papá. Fechas, cuentas, llamadas de mi mamá y de mi padrino. Sabía que algún día me ibas a creer”, dijo la niña. En ese momento, Don Arturo, el viejo chofer y mayordomo de la familia, apareció agitado. “Patrón, tenemos que pelarnos de aquí ya. La señora viene para acá”. Arturo los sacó por la cochera trasera, subiéndolos a un auto viejo y discreto.
“Tú vienes con nosotros, María”, ordenó Alejandro. “Si