niños grandes con otra.
Nadie supo qué responderle.
Hicimos las llamadas de todas formas.
Mientras Laura hablaba con las autoridades, Camila permaneció junto al sofá donde Renata dormía.
No protestó.
No corrió.
No lloró.
Solo acariciaba con un dedo el borde de la cobija verde.
A las 11:18, se levantó.
Caminó hacia mí.
—Señor Alejandro.
—¿Sí?
—Renata ya comió.
—Lo sé.
Camila se acomodó la mochila.
—Entonces dígame qué oficina limpio ahora.
No entendí.
Ella señaló la hoja que yo le había dado.
—Ya me contrató.
Tragó saliva.
—¿Qué