durante el día.
Una tarde me encontró comiendo de pie frente a la barra de la cocina.
—Ya sé de dónde lo aprendió Camila.
—¿Qué cosa?
—A creer que sentarse es perder el tiempo.
No supe qué contestar.
El viernes siguiente prometí estar en casa a las 6:30 para cenar.
A las 5:58 estaba cerrando mi computadora cuando llamó un cliente.
“Solo 10 minutos”, pensé.
Llegué a casa a las 7:43.
Camila estaba sentada en el último escalón.
Su plato seguía intacto.
Elvira tomó su bolso.
—Te