esperó.
Nada más.
Esa noche Camila casi no habló.
A las 2:14 de la madrugada escuché un ruido.
Bajé descalzo.
La luz de la cocina estaba encendida.
Camila estaba barriendo.
Llevaba pijama y tenía unas ojeras enormes.
—¿Qué haces?
Apretó el palo de la escoba.
—Nada.
—Camila.
Sus ojos se llenaron de miedo.
—Tengo que terminar antes de mañana.
—¿Por qué?
Entonces me dijo la frase que finalmente me hizo comprender todo.
—Porque llegaste tarde.
Sentí un golpe en el estómago.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Ya te cansaste.
—