“Puedo limpiar, cocinar, hacer lo que sea. Mi hermanita solo necesita leche”, me dijo una niña de 8 años mientras cargaba a una bebé hambrienta en el vestíbulo de mi empresa. No discutí ni llamé a seguridad. Escribí una sola frase en una hoja y respondí: “Entonces estás contratada”. Pero cuando cayó de su mochila una lista escrita con crayón, entendí quién las había abandonado.

Era una hoja de cuaderno doblada tantas veces que casi se rompía.

Laura la levantó.

Estaba escrita con crayón morado.

“Dar leche a Renata.”

“Cambiar pañal.”

“Contar monedas.”

“No hacer ruido.”

“Lavar los platos.”

“No despertar a Verónica.”

“No dejar que Renata llore.”

La última frase estaba marcada 3 veces.

—¿Quién es Verónica? —preguntó Laura.

Camila apretó los labios.

Tardamos casi una hora en conocer la historia.

Su madre, Lucía, había muerto 13 meses antes después de un accidente en carretera.

Verónica, media hermana de Lucía, había prometido quedarse con