Alejandro se sentó.
Por primera vez parecía menos un empresario acostumbrado a controlar todo y más un hombre completamente perdido.
—Quiero una prueba de ADN.
—La tendrás. Con un pediatra, un abogado y sin convertir a Mateo en una disputa.
—Soy su padre.
—Acabas de conocerlo.
—Porque tú me lo ocultaste.
—Y tú me enseñaste que, cuando tu familia y yo chocábamos, yo siempre estaba sola.
No hubo respuesta.
A las once nos reunimos en una cafetería frente a un parque con dos abogados. Acordamos una prueba genética, visitas graduales