fui.
Mateo empezó a llorar cuando la enfermera revisó la vía.
—¡Mamá!
Alejandro se acercó instintivamente.
Mateo lo miró con los ojos vidriosos por la fiebre.
Y entonces dijo la palabra que había practicado durante meses frente a una fotografía que yo creía bien escondida:
—Papá… abrázame.
Alejandro se quedó inmóvil.
Yo también.
Después, con las manos temblándole, mi exesposo tomó a nuestro hijo por primera vez.
Y cuando Mateo apoyó la cabeza en su pecho como si ese lugar le hubiera pertenecido desde siempre, Alejandro me miró por encima