estiró los brazos hacia él.
—Que papá me cargue.
Esas cuatro palabras destruyeron todas mis defensas.
Alejandro entró en silencio. Vio los dibujos pegados en el refrigerador, los juguetes en una canasta y las tres fotografías de cumpleaños sobre una repisa.
Uno.
Dos.
Tres.
Se detuvo frente a ellas demasiado tiempo.
—Me perdí todo esto.
—Sí.
—Porque tú decidiste que era mejor así.
—Porque tenía miedo.
Por fin me miró.
—¿De mí?
—De lo que hacías cuando tu familia me atacaba.
Su mandíbula se tensó.
—Yo nunca te amenacé.
—No.