la bolsa de mamá.
Dos jerséis, una falda y todas sus medicinas: una caja de zapatos entera llena de blísters.
Para la tensión.
Para el corazón.
Para la rodilla.
Para el insomnio.
Cada caja estaba marcada con rotulador por su mano temblorosa.
En el autobús mamá se quedó dormida con la cabeza apoyada en mi hombro.
Pesaba tan poco como una pluma.
Olía a jabón de lavanda y a algo antiguo, irreversible.
Supongo que así huele el tiempo cuando ya queda muy poco.
No llamé a Marta hasta esa misma