no entraban allí desde hacía casi 6 años.
Una mañana la encontré tomando café con las cortinas completamente abiertas.
Yo tenía que regresar a la Ciudad de México esa tarde.
Mi muñeca ya estaba curada.
Mi comisión continuaba.
Mi uniforme seguía siendo el mismo.
Mi rango también.
Pero algo dentro de aquella cocina había cambiado para siempre.
Mi madre colocó
frente a mí una taza.
-A veces pienso en lo que Rafael te gritó.
-¿Qué cosa?
-¿Quién te crees que eres?
Sonreí.
-Mamá, yo sabía perfectamente quién era.
Ella bajó