la mirada hacia su café.
-El problema es que yo había olvidado quién era yo.
No respondí inmediatamente.
Porque entendí que esa había sido la verdadera batalla.
No las esposas.
No la pistola.
No las camionetas frente a la casa.
Rafael había pasado años haciendo que mi madre creyera que vivir en paz significaba ocupar cada vez menos espacio.
Y aquella noche, cuando dijo no detrás de una puerta cerrada, recuperó más poder que cualquier placa, uniforme o rango podía ofrecerle.
Antes de marcharme, mi madre me entregó una llave