audiencias y oficinas con ventanas que nunca se abrirían.
Hasta que me enviaron a Yucatán por trabajo.
Era un viaje corto. Dos días para cerrar un acuerdo inmobiliario y volver. Pero la primera noche, después de una cena aburrida con clientes, decidí caminar por el centro histórico para despejarme.
Había música saliendo de los bares, olor a lluvia reciente y calor pegado a la piel. Entré a una cafetería pequeña porque necesitaba sentarme un rato.
Y ahí estaba ella.
Mariana.
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