me sentía en casa cuando hablaba con ella.
Caminamos juntos por Paseo de Montejo hasta que empezó a llover. Corrimos riéndonos bajo los árboles como dos idiotas demasiado grandes para actuar así.
Cuando llegamos empapados a mi hotel, Mariana me miró en silencio unos segundos.
Debí despedirme ahí.
No lo hice.
Aquella noche dormimos juntos.
Y por unas horas olvidé por qué habíamos terminado.
Pero a la mañana siguiente desperté solo.
Mariana ya no estaba en la habitación.
Solo había una taza de café vacía, la ventana abierta y una