nota doblada sobre la mesa.
“No debemos hacer esto. Perdón.”
Eso era todo.
Intenté llamarla.
No
principio con cuidado. después con
demasiada facilidad. Recordamos tonterías: el gato que odiaba a todo el mundo, nuestro viaje absurdo a Veracruz, las veces que nos quedamos despiertos viendo películas malas solo para no discutir.
Y entonces entendí algo peligroso.
Todavía me sentía en casa cuando hablaba con ella.
Caminamos juntos por Paseo de Montejo hasta que empezó a llover. Corrimos riéndonos bajo los árboles como dos idiotas demasiado grandes para actuar