así.
Cuando llegamos empapados a mi hotel, Mariana me miró en silencio unos segundos.
Debí despedirme ahí.
No lo hice.
Aquella noche dormimos juntos.
Y por unas horas olvidé por qué habíamos terminado.
Pero a la mañana siguiente desperté solo.
Mariana ya no estaba en la habitación.
Solo había una taza de café vacía, la ventana abierta y una nota doblada sobre la mesa.
“No debemos hacer esto. Perdón.”
Eso era todo.
Intenté llamarla.
No
lejos incluso antes de enterrme.
—No quería convertirme en
siguientes.
Nada.
Y aunque