día siguiente regresé a la escuela con Lucía y su abuelo, don Ernesto.
Llevaba conmigo la carta, el dibujo y el unicornio.
La señorita Beltrán palideció apenas vio la mochila.
—Tal vez deberíamos hablar en privado —dijo nerviosa.
Negué con la cabeza.
—No. Ya hubo demasiado silencio.
Le mostré la carta.
—Mi hijo escribió esto antes de morir. ¿Realmente cree que él arruinó el mural?
La mujer bajó la mirada.
—No…
Lucía apretó mi mano.
—Entonces dígalo.
La