maestra rompió en llanto.
—Me equivoqué.
Pero yo no estaba allí para destruirla.
Estaba allí para defender el nombre de mi hijo.
—No digo que usted causó su muerte —le dije—. Pero sí digo que las últimas palabras que recibió de un adulto fueron vergüenza… y él no la merecía.
La directora intentó intervenir con frases diplomáticas, pero ya era tarde.
La verdad finalmente había salido a la luz.
El unicornio terminado
Tres días después, la escuela organizó nuevamente la exposición del Día de