dijo rápidamente.
—Lo sé.
—La estaba cuidando.
Esas palabras casi me rompieron por completo.
El regalo que Mateo nunca pudo terminar
Lucía dejó la mochila sobre la mesa de la cocina con un cuidado casi sagrado.
—Ábrala —susurró.
Mis manos temblaban mientras bajaba el cierre.
Dentro había agujas de tejer, lana violeta y blanca, un patrón arrugado y algo envuelto en papel de seda.
Lo saqué lentamente.
Era un unicornio tejido a mano.
Torcido.
Imperfecto.
Una pata