su respiración.
El milagro era que cada mañana el médico entraba y no pronunciaba la peor noticia.
El milagro era que nueve pequeños cuerpos, nacidos demasiado pronto y demasiado
—¿Por
¿Qué no se mueve? —pregunté en voz baja.
El médico guardó silencio.
Empecé a temblar.
Y justo en ese momento, sus diminutos dedos apretaron apenas el mío.
Fue tan débil que quizás otra persona ni siquiera lo habría sentido.
Pero una madre lo siente.
Yo lo sentí.
Y en aquel instante comprendí:
Quería vivir.
Lloré como nunca había llorado en