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David tardó más.
Su nuevo puesto lo llevó a visitar panaderías, talleres, peluquerías, pequeños bares y comercios familiares que solicitaban financiación de 3.000, 8.000 o 15.000 euros. Al principio lo vivió como una condena. Odiaba caminar con una tableta bajo el brazo, esperar en locales sin aire acondicionado y escuchar historias que no cabían en una hoja de cálculo.
Su primer expediente fue el de Javier Molina, un mecánico de 58 años que quería sustituir