Entré con chaqueta gastada a mi propio banco en Castellana y me dejaron dos horas en un rincón. La asesora servía café a los ricos y se reía con el director mientras yo sujetaba un vaso vacío. Me soltó: ‘Esta zona es para clientes private’. No discutí, dejé mi carpeta y volví al día siguiente sin bastón; entonces su pantalla se puso roja y reveló quién era el dueño.

allí una tarde de invierno, nuevamente sin anunciarse. La sucursal estaba llena. Un joven con uniforme de obra esperaba frente al mostrador y sostenía una carpeta manchada de polvo.

 

 

Una empleada se acercó, le ofreció asiento y le preguntó en qué podía ayudarlo.

 

Nadie miró sus botas.

 

Nadie apartó un bolso.

 

Nadie decidió cuánto

valía antes de escuchar su nombre.

 

Arturo no se presentó.

 

Se quedó unos segundos junto a la puerta, observó la escena y salió a la Castellana con una sonrisa