allí una tarde de invierno, nuevamente sin anunciarse. La sucursal estaba llena. Un joven con uniforme de obra esperaba frente al mostrador y sostenía una carpeta manchada de polvo.
Una empleada se acercó, le ofreció asiento y le preguntó en qué podía ayudarlo.
Nadie miró sus botas.
Nadie apartó un bolso.
Nadie decidió cuánto
valía antes de escuchar su nombre.
Arturo no se presentó.
Se quedó unos segundos junto a la puerta, observó la escena y salió a la Castellana con una sonrisa