Mi hermana se paseaba en toalla frente a mi esposo y decía que era “una prueba”: hasta que él le respondió con su propia prueba

mismo: que exageraba, que era solo una toalla, que era mi inseguridad.

Para el sábado ya ni siquiera estaba enojada. Estaba agotada de defender el límite más simple del mundo dentro de mi propia casa.

El domingo, la otra prueba
El domingo yo untaba mantequilla en unas tostadas y Joaquín leía las noticias en su tablet. Escuché los pies descalzos en la escalera. Brenda apareció en la puerta. La misma toalla. La misma sonrisa.

—Brenda…

Joaquín me tocó la muñeca.

—Espera. Déjame a mí.

Por primera vez en una semana,