te perteneciera.
Salió del hotel sin llorar.
Trabajaba como restauradora en un instituto de conservación histórica de la Ciudad de México. Esa tarde regresó al taller y se encerró entre pergaminos, pinceles y documentos antiguos.
Estaba restaurando un manuscrito colonial con la imagen de un águila herida cuando alguien tocó la puerta.
Era Rafael Alcázar, director general del instituto.
Un hombre de casi sesenta años cuya presencia bastaba para silenciar cualquier pasillo.
Observó durante unos segundos el manuscrito y luego la miró directamente.
—Me enteré de lo ocurrido en esa