era sencillo: compartirían domicilio, conservarían sus espacios y jamás se exigirían aquello que los médicos les habían dicho que no podían tener.
Al principio parecían dos desconocidos viviendo bajo el mismo techo.
Después comenzaron los pequeños gestos.
Valeria dejaba café preparado antes de salir. Alejandro le compró pan dulce cuando sabía que trabajaría hasta tarde. Él comenzó a visitar su taller y observó fascinado cómo ella restauraba el manuscrito que Renata había dañado.
Una tarde señaló la mancha que había quedado en el ala del águila.
—No pudiste borrar completamente