una llamada de un número desconocido.
Una mujer mayor habló casi en susurros.
—¿Usted es Teresa, hija de Gabriel y Elena?
—Sí.
—Me llamo Carmen. Fui secretaria de Rogelio Salcedo.
Teresa se quedó inmóvil.
—Leí que están haciendo preguntas sobre la muerte de su padre. He guardado silencio más de treinta años.
—¿Qué sabe?
La mujer comenzó a llorar.
—El
día anterior a que Gabriel muriera, escuché a Salcedo hablar por teléfono. Dijo: “Ese hombre va a echarlo todo a perder. Háganlo callar y que parezca un accidente”.
Teresa apretó