estómago se le cerraba.
—¿Entonces la oferta no apareció por casualidad?
—No puedo asegurarlo todavía —respondió Diego—. Pero yo no firmaría absolutamente nada.
Teresa llamó a Esteban.
—La propiedad ya no está en venta.
El agente cambió inmediatamente de tono.
—Señora Teresa, piénselo. El comprador incluso puede mejorar la oferta.
—¿Cuánto?
Hubo unos segundos de silencio.
—Dos millones doscientos mil.
Cuatrocientos mil pesos más de un momento a otro.
Aquello terminó de convencerla.
Alguien quería esa casa con demasiada urgencia.
Esa noche, mientras Diego investigaba desde su computadora, Teresa recibió