contactó.
—Solo estaba ayudando.
—Mi mamá todavía no llevaba una semana muerta y ya estabas buscando quién comprara su casa.
—No dramatices. Tú misma dijiste hace meses que algún día venderías.
—Una cosa es decirlo y otra que mi marido negocie mi herencia a mis espaldas.
Javier se pasó una mano por la cara.
Entonces admitió lo que Teresa ya sospechaba desde aquel mensaje.
Debía casi setecientos mil pesos.
Había invertido en un negocio que fracasó y pidió dinero prestado sin contarle nada.
Esperaba utilizar parte de la venta de