la casa para cubrir el problema.
—Somos esposos —argumentó—. Mis problemas también son tuyos.
Teresa sintió una calma que sorprendió incluso a ella.
—Mi madre murió y tú no viniste a despedirte. Pero cuando supiste que su casa podía valer casi dos millones, encontraste tiempo para llamar a un agente inmobiliario.
—No tiene que ver una cosa con la otra.
—
Tiene todo que ver.
Javier bajó la voz.
—¿De verdad vas a destruir veintiséis años de matrimonio por una casa vieja?
Teresa lo miró fijamente.
—No. Nuestro matrimonio no se