difíciles y que finalmente llegaron a un acuerdo sencillo: cuando naciera el bebé, ambas familias hablarían sin presiones y decidirían cómo apoyarlos.
Pero mi hija tenía miedo del parto.
Por eso había preparado la carta.
Se la entregó a aquella mujer pocos días antes de ingresar al hospital.
“Si me pasa algo y yo no puedo hablar con mi mamá”, escribió, “prométeme que le vas a entregar esto. Ella tiene que saber que tu hijo sí quiso responder. Y él tiene que saber que su bebé está bien.”
Me quedé