de su vida.
Pero podía hacer algo que él me había pedido desde aquella primera carta.
Hablar de él.
Así que miré una última vez hacia el cielo y sonreí.
—No te preocupes, hijo. Julia también sabrá quién eras.
Entré en la casa.
Desde el salón escuché la risa de mi bisnieta.
Sobre la pared estaban las fotografías de Mateo, Julian, Nora y ahora Julia.
Cuatro generaciones.
Historias felices.
Historias dolorosas.
Errores.
Perdón.
Y, finalmente, ninguna mentira.
Cerré la puerta detrás de mí.
Por primera vez, la historia de Julian