yo llegamos al hospital mientras Nora se quedaba con la madre de Chloe. Ninguna de las dos quería que una niña de cinco años pasara otra mañana entre pasillos blancos y conversaciones sobre enfermedades.
El doctor Álvarez nos recibió en su despacho. Era un hombre de unos cincuenta años, de voz tranquila y mirada cansada. En cuanto mencioné el nombre de Julian, su expresión cambió.
—Esperaba que viniera —dijo.
Aquellas palabras me sorprendieron.
—¿Me esperaba?
El médico abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó una carpeta
colocando