la parte trasera mientras Nora se subía.
—No me sueltes, abuela.
Aquella fue la primera vez que me llamó así.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué has dicho?
Nora se giró.
—Que no me sueltes, abuela.
Sentí que las lágrimas regresaban.
Pero esta vez sonreí.
—No te voy a soltar.
Durante los siguientes minutos corrí detrás de aquella bicicleta roja mientras
Chloe nos observaba desde la entrada.
Y entonces comprendí algo.
Mi hijo no me había dejado únicamente secretos.
Me había dejado una segunda oportunidad de conocer una parte de él que