que le hervía la sangre, pero respiró hondo. Recordó las palabras de su vecina doña Rosa, una mujer que trabajó cuarenta años en una notaría y se sabía todas las mañas legales: “En los hospitales, el que manda es el paciente. Si él despierta, él decide quién entra, aunque la familia patalee”.
Lucía buscó al doctor Leyva. Le suplicó que, si Alejandro despertaba, le hiciera firmar la carta de derechos del paciente. Una hora después, el doctor salió a la sala de espera.
—El señor Alejandro recuperó el conocimiento unos