minutos. Está muy grave, pero firmó el documento de acceso. Solamente autorizó a una persona para entrar y recibir informes: a la señora Lucía.
La cara de Silvia se desfiguró. Víctor apretó los puños. Lucía pasó junto a ellos con la cabeza en alto y entró a la habitación. Alejandro, pálido como el papel, abrió los ojos.
—Te escuché —le susurró él con la voz rasposa—. Escuché a Silvia. Y al hombre… Lucía, el hombre que estaba con ella hablando de robarme la empresa… era Víctor. Mi mejor amigo. El