Desperté intubado y escuché a mi propio socio decir: “Le dimos la misma dosis que a su primera mujer hace 6 años, pronto cederá su patrimonio”.

Lucía se tapó la boca. Habían asesinado a la primera esposa a sangre fría para tapar el fraude, y Beto, por cobardía, había guardado el frasco con los restos del veneno y las pruebas documentales durante seis largos años.

—No podía hablar —lloró Beto—. Silvia me amenazó con meterme a la cárcel a mí también, porque los papeles de la empresa falsa están a mi nombre. Tienen agarrado al muchacho, a Daniel. Lo manipularon desde que su madre murió para que odiara a su padre. Yo soy un cobarde, Lucía.