Alejandro estaba en su cama, pálido, con los ojos cerrados, rodeado de máquinas que marcaban sus signos vitales y con la cortina blanca pasada a la mitad, ocultándolo parcialmente.
—Bueno, Lucía —dijo Víctor en voz baja, creyendo que el paciente dormía por los medicamentos—. Trajimos los papeles. El notario va a dar fe de que Alejandro, en su lecho de enfermo, cede el control absoluto de la tequilera a su hijo Daniel, y Daniel, a su vez, nos da un poder amplio a Silvia y a mí. Tú firmas como