Desperté intubado y escuché a mi propio socio decir: “Le dimos la misma dosis que a su primera mujer hace 6 años, pronto cederá su patrimonio”.

o al menos, que Víctor se delatara frente a testigos.

El plan se montó en la habitación 402 del hospital.

A las once de la mañana, la puerta se abrió. Entró Víctor, impecable con su traje gris, luciendo esa sonrisa de depredador que ya no se molestaba en ocultar. Detrás de él venía Silvia, ojerosa, nerviosa, agarrando su bolso con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos. Traían a un notario comprado por ellos y a Daniel, el hijo de Alejandro, a quien llevaban como trofeo de guerra.